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jueves, 7 de mayo de 2009

Capítulo Milésimo tricentésimo nonagésimo séptimo: "Todos dicen que el perdón es una idea maravillosa, hasta que tienen algo que perdonar" (Clive Staples Lewis, 1898 - 1963; escritor irlandés) Habrá quien no se acuerde, pero antes de ser tan modernos la gente que quería sacar dinero tenia que ir a su banco y, después de rellenar unos papelitos en los que había que firmar por duplicado y hacer la correspondiente cola, un señor de carne y hueso con cara de forzoso adicto a los laxantes, te lo acababa dando. El trasiego de clientes era tal (y los señores estreñidos tan lentos) que las colas que se formaban hacían que quien sacaba o ingresaba su capitalito siempre tuviera una nariz encima de su hombro enterándose hasta de los plazos que te faltaban para acabar de pagar la lavadora. Por eso, a los bancos, tan suspicaces con estas cosas de la intimidad (ajena), se les ocurrió poner en el suelo unas tiritas de colores chillones en los que, con letras todavía más aparatosas, se podía leer algo así como “espere aquí su turno”. El resultado no se hizo esperar y, salvo algún despistado y el habitual rebelde porqueelmundomehahechoasí, la gente empezó a cumplir a rajatabla el mensaje. Pero llegaron los cajeros automáticos y, aunque su número es infinitamente superior al de los señores estreñidos y su horario se extiende por el infinito y más allá, las colas delante de ellos volvieron a aparecer. Normal. Entre los lentos que son (a ver si va a ser verdad aquello que dicen de que dentro de cada uno hay un jubilado bajito que comprueba hasta cien veces la cantidad que le has pedido), que a todos se nos ocurre sacar dinero a la misma hora, y que de los noventa y cinco que hay en el barrio sólo funciona uno, pocas veces puedes teclear tu idolatrada clave sin que tengas que intentar preservar su intimidad de mil ojos indiscretos. Ante un mismo problema, una misma solución. ¿No podrían poner las banditas de colores con el famoso mensaje en la calle? Ya sé que las aceras son de los ayuntamientos, pero conociendo los escrúpulos de éstos (y, sobre todo, su escasez de fondos... ¿alguien ha dicho algo de un impuesto nuevo? Sí, sí, sí, aprobado!!!) seguro que tampoco iban a poner muchos problemas. Y es que uno empieza a tener una edad en la que disimular los años es ya tarea (la tarea) prioritaria. Y de nada sirve que cada mañana, intentando aparentar seis meses menos, te pongas la baba de caracol, tres hidratantes, seis antiarrugas, dos rodajas de pepino del amazonas y una capa de concha de nacar a la rosa mosquera, si luego, cada vez que uno va al cajero y teclea su clave, todo el vecindario se entera del año en que has nacido. No es justo.
... quedándose en blanco Todos los "capítulos" de "tantos hombres y tan poco tiempo"

martes, 13 de enero de 2009

Capítulo Milésimo tricentésimo vigésimo cuarto: “Hay dos maneras seguras de llegar al desastre; una, pedir lo imposible; otra, retrasar lo inevitable” (Francesc Cambó, 1876-1947; político español) Una de las más viejas costumbres humanas consiste en ponerse en cualquier fila en la que alguien reparta algo gratis. Una afición cultivada al margen de que el artículo a regalar sea una mierda (que siempre lo es) o de que el 99% de los que estén haciendo cola ya tengamos tres docenas de lo mismo en casa. Bien, pues como devoto practicante de esta milenaria tradición que soy, vengo notando un notable aumento de la agresividad en el ambiente colistico del degartis. Si antes aguardábamos pacientemente a que nos regalaran la caja de cerillas o el globito que se explotaba en cuanto lo intentabas inflar, ahora basta con que te muevas un poco de la fila para que te empiecen a dar todo tipo de información acerca de, por ejemplo, la presunta actividad laboral de tu madre. Y eso si tienes suerte y das con gente tranquila. Aunque para ser justos hay que reconocer que esta agresividad en las cosas de balde ha existido siempre. Cuentan las crónicas que en la ceremonia de coronación del Nicolás II de Rusia, en Moscú, se iban a entregar obsequios a todas las personas que participaban. Mientras estas personas estaban aguardando para recibir sus presentes, se corrió el rumor de que no había suficientes regalos para todos. Así comenzó una estampida hacia los mostradores con los regalos, y cientos de mujeres y niños fueron pisoteados y murieron. Por aquí la cosa no llega a tanto (todavía), pero he notado que desde que los prejubilados, jubilados y/o pensionistas empezaron a alternar su misteriosa afición por mirar zanjas con la de hacer cola allí donde ven alguna, los demás, pobres mortales, tenemos la batalla perdida. Tal y como se están poniendo las cosas –cada vez son más y cada vez más agresivos- a lo único que podemos aspirar degratis es a alguna camiseta (que siempre queda grande, grande, grande) conseguida después de pelearnos en la cola con tres docenas de ociosos jubiletas bastón en mano. Y todo para convertirnos en el soporte publicitario gratuito de cualquier caja de ahorros. Esto de las colas ya no es lo que era. ... tónica contra la malaria Todos los "capítulos" de "tantos hombres y tan poco tiempo"

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