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miércoles, 23 de junio de 2010

Capítulo Milésimo sexcentésimo cuadragésimo primero: “Cuando se llega al verdadero escepticismo es cuando por fin se sabe que escepticismo no se escribe con x” (Ramón Gómez de la Serna, 1888-1963; escritor español) Eija-Riitta, (con dos ies y dos tes), cambió su apellido a Berliner-Mauer al desposar con el amor de su vida: el muro de Berlín (o lo que quedaba de él). Erika (con ka), ex soldado californiana de 36 años, pasó a apellidarse La Tour Eiffel cuando se casó en París, (la elección de la ciudad para el bodorrio no fue motivo de discusión) en 2007, con la famosa torre. Las cosas se complicaron y, aunque dice seguir amando al monumento, actualmente mantiene una relación física con un trozo de valla que encontró en un descampado cercano y que guarda, cuida y mima en su dormitorio. Son sólo dos ejemplos de mujeres (siempre son mujeres –peluche silva y mira al techo) diagnosticadas del Síndrome de Asperger dentro de su espectro autista. Los psiquiatras tienen una explicación convincente de estas actitudes: "quien se enamora de un objeto puede controlar una relación, nunca van a abandonarle, y eso resulta muy atractivo para las personas solas que han sufrido mucho en sus anteriores relaciones y no quieren que les vuelvan a hacer daño". Y razón tienen, vaya que si tienen. Y lo que se ahorran en disgustos..que no creo yo que la torre Eiffel se enfade mucho porque Erika (con ka) le ponga los cuernos con la valla. Por ejemplo .
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martes, 15 de junio de 2010

Capítulo Milésimo sexcentésimo trigésimo quinto: "He estado a dieta dos semanas y lo único que he perdido han sido dos semanas”. (Totie Fields, 1930-1978, actriz estadounidense.) Enrique VIII y Ana Bolena tuvieron una hija que llegó (antes de -como era costumbre de la época- morir ejecutada) a Reina de Inglaterra bajo el muy original nombre para una reina inglesa (aunque ésta fue la primera en usarlo) de Isabel. Y había un conde, el de Leicester, empeñado a toda costa en conquistarla. Como el amor es una de las enfermedades mentales que más altera a quien la sufre, al pobre conde no se le ocurrió otra cosa que intentar obtener los favores de su amada regalándole sin parar y ¡durante diecisiete días seguidos!, conciertos de trompeta adornados con fuegos artificiales y bailarinas vestidas de ninfas y doncellas que salían portando espadas de un lago, un lago que hizo construir especialmente para la ocasión. Después de tan largo y rumboso espectáculo que acabo dejando en la más absoluta de las ruinas al conde, al pobre (ya "pobre" en todos los sentidos) no se le ocurrió otra cosa que pedirle a la afortunada señorita que se casara con él. Y ella le dijo que no. Aunque las comparaciones sean odiosas y (tanto para bien como para mal) a uno siempre le duele más el dolor de muelas propio que una operación a corazón abierto que le hagan al vecino de abajo, no está de más saber que, al menos en cuestiones amorosas, siempre hay quien nos supera a la hora de hacer el tonto.
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