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viernes, 18 de junio de 2010

Capítulo Milésimo sexcentésimo trigésimo octavo: "Ante las señoras que llevan una pulsera en el tobillo lo que más intriga es cómo ha podido llegar hasta allí desde la muñeca” (Ramón Gómez de la Serna, 1888-1963; escritor español) Los Muria son una tribu del estado indio de Madya Pradesh que fueron descubiertos por el británico Verrier Edwin en 1950, quien llegó como misionero y acabó estudiando sus costumbres. Unas costumbres que, según las empecé a leer, me dieron ganas de salir corriendo para hacer una inmersión total y absoluta en tan competente pueblo. Consideran -y como tradición que es lo cumplen a rajatabla- que si los muchachos y muchachas sacian su curiosidad acostándose con todos los miembros de la tribu que así lo deseen, el riesgo de adulterio disminuirá casi totalmente y los celos no tendrán sentido. Además, como duchos que son en estos menesteres, su cultura es muy rigurosa ante las posibles consecuencias de tan distraída costumbre; saben, porque así se lo han contado sus mayores, que para que una mujer se quede embarazada tiene que retozar con un mismo hombre más de tres veces… por lo que llevan a cabo un riguroso control de natalidad mediante la imposición de límites a la duración de las parejas, asegurándose así de que no haya embarazos no deseados. Una sociedad casi perfecta en estas cuestiones si no fuera por un pequeño detalle que tira por tierra semejante perfección y anula cualquier ventaja anterior por muy apetecible que pueda parecer (que lo parece, que lo parece): resulta que, para este pueblo, copular es un deber obligatorio que el hombre tiene para con la mujer... y un derecho de ésta para ser desagraviada por las molestias de las menstruaciones y los dolores del parto. Era demasiado bonito para ser verdad.
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jueves, 14 de enero de 2010

Capítulo Milésimo quingentésimo trigésimo sexto: "Las cosas suaves siempre penetran en las cosas duras" (Proverbio chino) Con vistas a las próximas vacaciones (quien tiene hambre con pan sueña) se pueden encontrar cosas entretenidas. Escapadita unos días por Papúa Nueva Guinea, los suficientes como para podernos "empapar" de la cultura milenaria de sus pueblos y participar de forma plena en algunos de sus ancestrales ritos. La mayoría de las tribus de la zona creen que los hombres son hombres por su semen y que la mejor forma de obtenerlo es succionarlo de alguien que disponga de reservas del mismo, especialmente si es extranjero. Consecuencia de tan "emprendedora" forma de pensamiento: la felación como un ritual que los nativos se empeñan en practicar con los visitantes a la mínima ocasión. Como destino especialmente recomendado convendría destacar una visita, cultural por supuesto, a la tribu de los Sambias aunque sólo sea para impregnarse de su especial y complejo "ciclo de iniciación". Al llegar a la pubertad, los adolescentes sambias son separados de sus madres para ser llevados a una especie de poblado "alternativo" en el que vivirán todos juntos hasta cumplir los 25 años, edad ésta en la que deberán casarse y tener hijos demostrando así que han alcanzado la virilidad. La organización en esta convivencia es simple. Durante sus primeros siete años los más pequeños realizan continuas felaciones a sus mayores (cuantas más veces al día, mejor) y, muy especialmente, a todos los que tengan el detalle de hacerles una visita. Piensan que tragar semen es la única manera de llegar a ser un hombre Después de esos primeros siete años y hasta que cumplan los 25 y se casen, serán ellos los que, en un gesto de generosidad que les honra, se conviertan en los "dadores" capaces de convertir a la nueva generación en unos verdaderos sambias. Voy a sacar un billete. ... ojos de lince Todos los "capítulos" de "tantos hombres y tan poco tiempo"

viernes, 25 de enero de 2008

Capítulo Milésimo centésimo decimocuarto: "Si sale, sale. Si no sale, hay que volver a empezar. Todo lo demás son fantasias" (Édouard Manet, 1832-1883; pintor francés)

Tiempo estimado de realización: entre 20 y 25 minutos.

Ingredientes: una toalla de baño previamente calentada en un radiador, una toalla de manos para aplicar un fomento (que haremos con una cucharadita de miel ligeramente templada y una gota esencial de canela bien mezclados), un recipiente con un litro o litro y medio de agua que esté muy caliente (entre 45-50 º C), un aceite de masaje ya preparado (con una cucharadita de aceite de almendras, otra de nueces, dos gotas de aceite esencial de lavanda silvestre y otras dos de esencia de mejorana silvestre, también en aceite), un lugar donde estar cómodo y una pareja al gusto.

Instrucciones: colocar al protagonista boca abajo y desnudo. Cubrir su espalda con la toalla caliente y, colocándonos de lado, apoyar nuestras manos con suavidad: una entre los dos omóplatos, y la otra en la región sacra. Durante un minuto balancear suavemente el cuerpo como si meciéramos una cuna. Retirar la toalla y repartir el aceite con una fricción suave por toda su espalda y hasta los glúteos. Apoyar las manos en la región lumbar, a izquierda y derecha de la columna vertebral, apuntando en dirección de la cabeza y friccionar con ambas en paralelo a lo largo de la espina dorsal, hasta los hombros. Mantener las palmas planas y apoyarse con todo el cuerpo en ellas.

Cuando se llegue a los hombros, abrir las manos para friccionar la base de los músculos de la nuca e iniciar el descenso a los lados de la caja torácica, hacia la cadera. No hay que ejercer mucha presión, bastará con una suave caricia. Una vez llegado a la región sacra, unir de nuevo las manos y reemprender la fricción ascendente hasta describir un círculo. Repetirlo nueve veces.

Tomar los tejidos laterales con toda la mano y amasar con suavidad, de forma persistente y continua, empezando por la región lumbar y llegando hasta las axilas. Pasar al otro lado y repetir la operación.

Seguidamente, apoyar las palmas de las manos en los omóplatos y, sirviéndose de la muñeca, efectuar sobre ellos y sobre el área circundante unos cuantos movimientos de rotación. Buscar la zona que está debajo del omóplato derecho, (el lugar donde se acumulan las tensiones) y colocar la mano derecha e izquierda sobre ella presionando con fuerza. Una vez que los músculos están relajados, acariciar toda la piel de la espalda y brazos con sentimiento y deseo durante el tiempo que se considere necesario.

Sin dejar de atender a las caricias, echar la mezcla de miel y aceite de canela en el agua caliente. Remover. Introducir la toalla de mano. Escurrirla y formar con ella un rollo alargado. Colocar el rollo en la parte baja de la columna vertebral del masajeado y cubrirlo con la toalla grande.

Dice la sabiduría india que en ese punto reside la excitación y el orgasmo y que, calentándolo se favorece su liberación. Los hindúes sostienen que allí está la cabeza de la Kundalini, que es la serpiente o chacra del sexo, y que el calor la despierta. Pues será. Pero a ver quien es el guapo que después de hacer -o que le hagan- semejantes maniobras no se encuentra ya al borde de la combustión espontánea. Por muy agnóstico que uno sea.

Habrá que probarlo. Hasta el lunes.

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